
CAPITULO 2
En los días que siguieron me presenté en el Instituto de Matemática, donde me dieron un escritorio en la oficina de visitors, una cuenta de e-mail y una tarjeta magnética para entrar fuera de hora en la biblioteca. Sólo tenía un compañero de cuarto, un ruso de apellido Podorov, con el que apenas cambiábamos saludos. Caminaba encorvado de un lado a otro, se inclinaba de tanto en tanto sobre su escritorio para garabatear una fórmula en un gran cuaderno de tapas duras que hacía recordar a un libro de salmos, y salía cada media hora a fumar en el pequeño patio de baldosas al que daba nuestra ventana.
En el principio de la semana siguiente tuve mi primer encuentro con Emily Bronson: era una mujer diminuta, con el pelo muy lacio y totalmente blanco, sujeto sobre las orejas con sapitos, como el de una colegiala. Llegaba al Instituto en una bicicleta demasiado grande para ella, con una canasta en el manubrio donde asomaban sus libros y la bolsa del almuerzo. Tenía un aspecto monjil, algo tímido, pero descubrí con el tiempo que podía sacar a relucir a veces un humor agudo y acerado. A pesar de su modestia creo que le agradó que mi tesis de licenciatura llevara como título Los espacios de Bronson. En nuestro primer encuentro me dejó las separatas de sus dos últimos papers para que empezara a estudiarlos y una serie de folletos y mapas sobre lugares para visitar en Oxford, antes -me dijo- de que empezara el nuevo semestre y me quedara menos tiempo libre. Me preguntó si había algo en particular que yo pudiera extrañar de mi vida en Buenos Aires y cuando insinué que me gustaría volver a jugar al tenis me aseguró, con una sonrisa acostumbrada a pedidos mucho más excéntricos, que eso seria algo fácil de arreglar.
Dos días después encontré en mi casillero una esquela con una invitación para jugar dobles en el club de Marston Ferry Road. Las canchas eran de ladrillo y estaban a pocos minutos de caminata de Cunliffe Close. El grupo lo constituían John, un fotógrafo norteamericano con largos brazos y buen juego de red; Sammy, un biólogo canadiense casi albino, animoso e infatigable, y Lorna, una enfermera irlandesa del Radcliffe Hospital, de pelo rojizo llameante y ojos verdes luminosos y seductores.
