A la felicidad de volver a pisar el polvo de ladrillo se agregó la segunda felicidad inesperada de encontrar del otro lado, en el peloteo inicial, a una chica que no sólo era hermosa parte por parte, sino que tenía golpes de fondo seguros y elegantes y devolvía a ras de la red todos mis tiros. Jugamos tres sets, cambiando parejas, hicimos con Lorna un dúo sonriente y temible y durante la semana siguiente conté los días para volver a entrar en la cancha y luego los gavies para la rotación que la dejaría otra vez de mi lado.

Me cruzaba casi todas las mañanas con Mrs. Eagleton; a veces la encontraba arreglando el jardín, muy temprano, cuando yo salía para el Instituto, y cambiábamos un par de palabras. Otras veces la veía por Banbury Road, camino al mercado, a la hora en que yo hacía un intervalo para ir a comprar mi almuerzo. Usaba una sillita a motor con la que se deslizaba por la vereda como sobre una embarcación serena y saludaba con una graciosa inclinación de cabeza a los estudiantes que le abrían paso. Veía en cambio muy raramente a Beth, y sólo había vuelto a hablar una vez con ella, una tarde en que regresaba de jugar al tenis. Lorna se había ofrecido a dejarme con su auto en la entrada de Cunliffe Close y mientras me despedía de ella vi que Beth bajaba de un ómnibus, cargando su violoncelo. Fui a su encuentro para ayudarla en el camino hasta la casa. Era uno de los primeros días de verdadero calor y supongo que yo estaba con la cara y los brazos de un color subido después de la tarde al sol. Sonrió acusadoramente al verme.

– Bueno, puedo ver que ya estás establecido. ¿Pero no se supone que deberías estar estudiando matemática, en vez de jugar al tenis y pasear con chicas en auto?



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