– Disculpe -murmuró el camarero.

Se había acercado al doctor Lyons por la izquierda y había esperado una pausa en la conversación que el médico mantenía con Darlene Polson, una joven rubia que, además de su ayudante, era su actual amante. Con su cuidado cabello cano y su atuendo conservador, el doctor parecía el médico prototípico de un culebrón. Cincuenta y pocos años, alto, bronceado, con una envidiable esbeltez y unas facciones agradables y aristocráticas.

– Lamento interrumpir -añadió el camarero-, pero hay una llamada urgente para usted. ¿Quiere que le traiga un teléfono inalámbrico o prefiere usar el del vestíbulo?

Los ojos azules de Raymond iban y venían de la cara afable pero inexpresiva de Darlene al respetuoso camarero, cuyos modales impecables justificaban la alta puntuación que su restaurante había merecido en la guía gastronómica Zagat. Raymond no parecía contento.

– Quizá prefiere que les diga que no puede ponerse al teléfono -sugirió el camarero.

– No, tráigame el teléfono inalámbrico -dijo Raymond.

No imaginaba quién podía llamarlo por una emergencia. No practicaba la medicina desde que le habían retirado su licencia, después de procesarlo y declararlo culpable de estafar a una mutualidad médica durante doce años.

– ¿Sí? -dijo con cierto nerviosismo.

– Soy Taylor Cabot. Ha surgido un problema.

Raymond se puso visiblemente tenso y frunció el entrecejo.

Taylor resumió con rapidez la situación de Carlo Franconi y su llamada a Kevin Marshall.

– Esta operación es obra suya -concluyó con irritación-.

Y permítame que le haga una advertencia: es sólo una minucia en el plan general. Si hay problemas, abandonaré el proyecto. No quiero mala prensa; de modo que resuelva este lío.

– ¿Pero qué puedo hacer yo? -espetó Raymond.

– Con franqueza, no lo sé. Pero será mejor que se le ocurra algo, y pronto.

– Por lo que a mí respecta, las cosas no podrían ir mejor.



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