Hoy mismo he hecho un contacto prometedor con una doctora de Los Ángeles que atiende a un montón de estrellas de cine y a ejecutivos de la costa Oeste. Está interesada en abrir una delegación en California.

– Creo que no me ha entendido -dijo Taylor-. No habrá ninguna delegación en ninguna parte a menos que se resuelva el problema de Franconi. Por lo tanto, será mejor que se ocupe del asunto. Dispone de doce horas.

El ruido del auricular al colgarse al otro lado de la línea hizo que Raymond apartara la cabeza con brusquedad. Miró el teléfono como si fuera el responsable del precipitado final de la conversación.

El camarero, que aguardaba a una distancia prudencial, se acercó a coger el teléfono y desapareció.

– ¿Problemas? -preguntó Darlene.

– ¡Dios santo! -exclamó Raymond mientras se mordía el pulgar con nerviosismo.

No era un simple problema. Era una catástrofe en potencia. Con las gestiones para recuperar la licencia estancadas en el atolladero del sistema judicial, su presente trabajo era lo único que tenía, y el negocio había empezado a florecer hacía muy poco tiempo. Había tardado cinco años en llegar a ese punto. No podía permitir que todo se fuera al garete.

– ¿Qué pasa? -preguntó Darlene tendiendo la mano para retirar la de Raymond de su boca.

Le explicó brevemente la inminente autopsia de Carlo Franconi y la amenaza de Taylor Cabot de abandonar el proyecto.

– Pero si por fin está dando una pasta -dijo ella-. No lo dejará ahora.

Raymond soltó una risita triste.

– Para un tipo como Taylor Cabot y para GenSys eso no es dinero -repuso-. Lo dejará; seguro. Diablos; ya fue difícil convencerlo de que lo financiara.

– Entonces tendréis que decirles que no hagan la autopsia.

Raymond miró a su acompañante. Sabía que la chica tenía buenas intenciones y que no lo había cautivado precisamente por su inteligencia, así que contuvo su furia. Sin embargo, respondió con sarcasmo:



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