La temperatura había subido considerablemente, y los diez centímetros de nieve que habían caído dos días antes se habían derretido, salvo por algunos montículos sucios entre los coches aparcados. Se alegraba de que las calles estuvieran despejadas, pues hacía varios días que no podía usar la bicicleta que había comprado tres semanas antes. Con ella había reemplazado la que le habían robado el año anterior.

Jack había querido comprar otra de inmediato pero, tras una aterradora experiencia que estuvo a punto de costarle la vida, había cambiado de opinión y adoptado una actitud más conservadora ante el riesgo, al menos temporalmente. Aunque el episodio no había tenido relación alguna con la bicicleta, lo había asustado lo suficiente para obligarlo a reconocer que solía usarla con deliberada imprudencia.

Pero el paso del tiempo desvaneció sus temores. El robo de su reloj y su billetero en el metro fue el incentivo que necesitaba. Un día después, se compró una mountain bike Cannondale y, según decían sus amigos, volvió a las andadas. Pero en honor a la verdad, ya no tentaba a la suerte escurriéndose entre las veloces furgonetas de reparto y los coches estacionados ni se precipitaba cuesta abajo por la Segunda Avenida y casi siempre evitaba Central Park después del anochecer.

Se detuvo en la esquina y esperó la luz verde; con un pie apoyado en el pavimento, observó la escena. Casi de inmediato advirtió la presencia de las unidades móviles de televisión, aparcadas con las antenas extendidas en el lado este de la Quinta Avenida, frente a su destino: el Instituto Forense de la ciudad de Nueva York, al que llamaban simplemente el depósito.

Jack era médico forense adjunto. En el año y medio que llevaba en su puesto había visto congestiones semejantes en varias ocasiones. Por lo general, significaban que había muerto una celebridad o alguien que había adquirido una fama efímera gracias a los medios de comunicación. Por razones personales y públicas, Jack esperaba que se tratara del primer caso.



13 из 448