Al ponerse la luz verde, cruzó la Quinta Avenida con su bicicleta y entró en el depósito por la entrada de la calle Treinta. Estacionó la bicicleta en el sitio habitual, cerca de los ataúdes destinados a los muertos que nadie reclamaba, y subió en el ascensor hacia el primer piso.

Enseguida advirtió el trajín en el interior. En la recepción, varias secretarias del turno de mañana estaban ocupadas respondiendo el teléfono, cuando por lo general no entraban a trabajar hasta las ocho. Las consolas estaban cubiertas de parpadeantes luces rojas. Hasta el cubículo del sargento Murphy estaba abierto y la luz encendida, pese a que nunca llegaba antes de las nueve.

Picado por la curiosidad, entró en la sala de identificaciones y fue directamente hacia la cafetera. Vinnie Amendola, uno de los ayudantes del depósito, estaba parapetado detrás del periódico, como de costumbre. Pero ésa era la única circunstancia normal a aquella hora de la mañana. Aunque Jack solía ser el primer anatomopatólogo en llegar, aquel día el subdirector del Instituto Forense -el doctor Calvin Washington- y los doctores Laurie Montgomery y Chet McGovern ya estaban allí. Los tres estaban enfrascados en una acalorada discusión con el sargento Murphy y, para sorpresa de Jack, con el detective Lou Soldado, de homicidios. Lou visitaba el depósito con frecuencia, pero nunca a las siete y media de la mañana. Además, tenía todo el aspecto de no haber dormido o, si lo había hecho, no se había quitado la ropa.

Jack se sirvió una taza de café. Nadie reparó en su llegada.

Tras añadir un poco de leche y un terrón de azúcar a la taza, se dirigió a la puerta del vestíbulo. Asomó la cabeza y, tal como esperaba, comprobó que el lugar estaba abarrotado de periodistas que charlaban entre sí y tomaban café. Puesto que estaba absolutamente prohibido fumar, Jack pidió a Vinnie que saliera a comunicárselo.



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