– Un capo de la mafia fue acribillado a balazos ayer por la tarde -informó Calvin con voz resonante-. Había alborotado el avispero porque decidió cooperar con la oficina del fiscal del distrito y estaba bajo protección policial.

– No era ningún capo -dijo Lou Soldano-. No era más que un matón de tres al cuarto de la familia Vaccaro.

– Lo que fuera -admitió Calvin con un gesto displicente-.

La cuestión es que se lo cargaron cuando estaba literalmente rodeado por los mejores agentes de la policía de Nueva York, lo que no dice gran cosa de su competencia para proteger a una persona.

– Le advirtieron que no fuera a ese restaurante -protestó Lou-. Lo sé de buena tinta. Y es imposible proteger a alguien que no está dispuesto a aceptar nuestras sugerencias.

– ¿Hay alguna posibilidad de que lo haya matado la policía? -preguntó Jack. Una de las funciones de un forense era considerar una cuestión desde todos los ángulos posibles, sobre todo cuando se trataba de alguien bajo custodia.

– No estaba arrestado -repuso Lou, leyendo los pensamientos de Jack-. Lo habían arrestado y procesado, pero se hallaba en libertad condicional.

– ¿Y a qué viene tanto jaleo? -preguntó Jack.

– A que el alcalde, el fiscal del distrito y el jefe de policía están que trinan -respondió Calvin.

– Amén -dijo Lou-. Sobre todo el jefe de policía. Por eso estoy aquí. El asunto se ha convertido en una de esas pesadillas públicas que a los periodistas les encanta inflar. Tenemos que encontrar al asesino o asesinos lo antes posible, de lo contrario rodarán cabezas.

– Y también hay que evitar que futuros testigos se echen atrás -dijo Jack.

– Sí; también eso.

– No sé, Laurie -dijo Calvin, volviendo a la discusión que mantenían antes de que Jack los interrumpiera-. Te agradezco que hayas venido tan pronto y que te ofrezcas a encargarte del caso, pero es probable que Bingham quiera ocuparse personalmente.



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