– Tú estás más cerca -respondió Vinnie alzando la vista del periódico..

Jack puso los ojos en blanco ante la falta de respeto de Vinnie, pero reconoció que tenía razón. De modo que se dirigió a la puerta de cristal y la abrió. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciarse sobre la prohibición de fumar, los periodistas se le echaron encima.

Jack tuvo que apartar los micrófonos que le zamparon en la cara. Todos preguntaban al unísono, de modo que no en tendió nada, salvo que lo interrogaban sobre una autopsia inminente.

Gritó a voz en cuello que estaba prohibido fumar, se desasió de las manos que le sujetaban los brazos y cerró la puerta.

Al otro lado, los reporteros se amontonaron, empujando con brusquedad a sus colegas contra el cristal, como si fueran tomates en un frasco de conserva.

Disgustado, Jack regresó a la sala de identificaciones.

– ¿Alguien puede decirme qué está pasando? -exclamó.

Todo el mundo se volvió hacia él, pero Laurie fue la primera en responder.

– ¿No te has enterado?

– Si me hubiera enterado no lo preguntaría.

– ¡Joder! En la tele no hablan de otra cosa -espetó Calvin.

– Jack no tiene televisor -dijo Laurie-. Sus vecinos no se lo permiten.

– ¿Dónde vives, hijo? -preguntó el sargento Murphy.

Nunca había oído que los vecinos prohibieran a nadie tener un aparato de televisión. El maduro y rubicundo policía irlandés hablaba con tono paternalista. Llevaba trabajando en el Instituto Forense más años de lo que estaba dispuesto a reconocer y trataba a todos los empleados como si fueran miembros de su familia.

– Vive en Harlem -intervino Chet-. De hecho, a sus vecinos les encantaría que se comprara una tele, para tomarla prestada indefinidamente.

– Ya está bien, muchachos -dijo Jack-. Contadme a qué viene tanto jaleo.



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