
Miró a lo lejos. El contraste entre el mundo exterior y el resplandeciente interior, aclimatado con aire acondicionado, no dejaba de impresionarle. Turbulentas nubes grises como el metal de una escopeta cubrían el cielo, a pesar de que, en teoría, la estación seca había comenzado tres semanas antes.
La tierra estaba cubierta por una vegetación indómita, de un verde tan oscuro que casi parecía negro. La espesura se alzaba alrededor de la ciudad como una gigantesca, amenazadora marejada.
El despacho de Kevin estaba situado en el complejo de laboratorios del hospital, uno de los pocos edificios nuevos en la otrora decadente y desierta ciudad colonial de Cogo, en Guinea Ecuatorial, un país de Africa prácticamente desconocido. El edificio tenía tres plantas, y el despacho estaba en la última, orientado al sudeste. Desde su ventana podía ver una considerable extensión de la ciudad, que crecía caprichosamente hacia el estuario del Muni y sus afluentes.
Algunas construcciones cercanas habían sido renovadas, otras estaban en proceso de remodelación, pero la mayoría permanecían intactas. Media docena de haciendas, antaño elegantes, habían sido devoradas por las enredaderas y las raíces de una vegetación que crecía sin control alguno. Una eterna bruma de aire caliente y húmedo cubría el paisaje.
En primer término, Kevin alcanzaba a ver la arcada del viejo ayuntamiento local. A la sombra de la arcada estaba el inevitable grupo de soldados ecuatoguineanos con uniforme de combate y rifles AK-47 en bandolera. Como de costumbre, fumaban, discutían y bebían cerveza camerunense
Por fin, Kevin dejó vagar la vista más allá de la ciudad. Lo había estado evitando inconscientemente, pero ahora fijó la mirada en el estuario, cuya superficie azotada por la lluvia parecía metal fundido.
