
Ahora esas complicadas máquinas estaban a su disposición noche y día. Con aire distraído, acarició las cubiertas de acero inoxidable, rozando inadvertidamente los mandos analógicos y los indicadores digitales mientras se dirigía a su despacho. Tocó el aparato que usaba para determinar la secuencia de ADN, de ciento cincuenta mil dólares, y el auto analizador hematológico de quinientos mil dólares, rodeado por una maraña de cables que lo asemejaban a una gigantesca anémona de mar. Echó un vistazo a la máquina de PCR, cuyas luces rojas parpadeaban como lejanos quásares anunciando las sucesivas duplicaciones de la cadena de ADN. Era un entorno que anteriormente llenaba a Kevin de esperanza y emoción. Pero ahora, cada tubo de microcentrifugación y cada frasco con cultivo de tejidos le parecían mudos recordatorios del terrible pálpito que lo atormentaba.
Se acercó a su escritorio y estudió el brazo corto del cromosoma 6 en el mapa genético. La zona que más le interesaba estaba resaltada en rojo; era el complejo mayor de histocompatibilidad. El problema era que dicho complejo constituía sólo una pequeña parte del brazo corto del cromosoma 6. Había grandes áreas en blanco que representaban millones y millones de pares de bases, y en consecuencia centenares de otros genes. Y él ignoraba su función.
Poco tiempo antes había solicitado información sobre estos genes a través de Internet y había recibido varias respuestas vagas. Algunos investigadores habían respondido que el brazo corto del cromosoma 6 contenía genes involucrados en el desarrollo músculo-esquelético. Pero eso era todo. Ningún detalle.
Se estremeció involuntariamente. Alzó la vista hacia la gran ventana panorámica que había encima de su escritorio.
Como de costumbre, estaba veteada por la lluvia tropical, que ocultaba el paisaje tras ondulantes cortinas de agua. Las gotas descendían lentamente, hasta que se unían en número suficiente para formar una masa considerable. Luego se desprendían de la superficie como las chispas de una rueda de molar.
