
– No. -Con un movimiento inesperadamente brusco deshiciste vos misma las pagodas. -No. No se llama de ningún modo. -No me mirabas a la cara: mirabas como si yo tuviera las entendederas a la altura del nudo de la corbata. -No hace ninguna falta que todas las cosas tengan nombre. -Te acercaste a la mesa; parecías a punto de agregar algo, una explicación sutilísima más allá del alcance de mi limitada inteligencia. -Clase 35. Qué quiere decir eso -preguntaste, sin la menor lógica.
Te lo expliqué. Me escuchabas, inquisitiva y neutral. No pude saber si mis casi veintiocho años te parecían demasiados o demasiado pocos. ¿Cuántos años tendrías? No más de veinte. Al menos en ese momento y con esa expresión.
– Miles -dijiste secamente-. Y también los que parezco.
Demasiada seriedad, para una réplica tan teatral. Ése era el tipo de respuesta que a ella no se le hubiera ocurrido nunca. Beatriz, pensé. Se pensó solo, con resentimiento y ferocidad.
– Graciela -dije-. Graciela Oribe. Paf, y Beatriz desapareció.
– Qué.
– Nada. Te nombro.
– Olavarría -dijiste de golpe, abriendo los ojos con incredulidad-. Yo pasé un día y una noche en Olavarría, ese mismo año. Volvíamos con Patricio de la casa del faro y paramos en Olavarría. Había unas calles anchísimas y una iglesia amarilla en una plaza. Enfrente de la plaza había un cine. Me acuerdo de un club, grande. Con un lago. Tenía una isla y una estatua.
Con disgusto recordé el nombre de aquel club. No me atreví a pronunciarlo. Un nombre convencional, de club. Capaz de estropearme esta página algún día, pensé, lo pensé en aquel mismo instante, sólo que no era exactamente pensarlo porque no todo lo que llamamos pensar tiene que ver con el pensamiento, era como un susurro irónico, como si alguien con voz de falsete me soplara en la oreja ahijadito, alegre silbador, diablotín, te gusta mi violín, diablotón, dame tu corazón, y yo no pudiera pronunciar el nombre de ese club. Como si alguien me arrancara de la silla en aquella mesa y me sentara en esta otra, en este cuarto. Por cosas así, Graciela, se mató Santiago y yo cambié la vida por la literatura.
