
– Dónde estás -oigo ahora.
Oigo tus palabras y el sonido apagado de tu risa, pero en esta habitación, oigo tus palabras abriéndose paso desde las hojas de un cuaderno cuadriculado entre los ruidos de la calle y la lluvia y los Kindertotenlieder de Mahler horrorosamente deformados por la estática de la radio, veo los relámpagos en la ventana y el empapelado de luces de las paredes, oigo tu voz oscura y risueña y siento el leve golpecito de unos dedos sobre el dorso de la mano. "Dónde estás." Como si me tocara una alucinación o una muerta.
Retiré la mano con tanta brusquedad que volqué un vaso sobre el mantel.
– Lo importante era el puente -dije-. No el club. Tenés que haberlo visto. Un poco más allá de la estatua, entre los árboles. Largo, angosto. Sobre el brazo del arroyo.
– De madera, sí, largo. -Te entusiasmaste, (de noche se oía el agua, no se la veía)
– Me acuerdo, te juro que me acuerdo. (como el de Gunga-Din)
– Como el de Gunga-Din -dijiste-. La parte aquella del elefante.
– Era una elefanta -dije.
– Fue un sábado. No, espera. Un domingo. Había un soldado, solo, en la mitad del puente, mirando el agua. ¡Eras vos! (yo de garibaldina y vos entre los sauces, cabello lacio larguísimo, te agachaste a recoger algo, la pollera te rodeó como una campana y de pronto alzaste los ojos y me miraste)
– Yo iba peinada con dos trenzas. Acordate, por favor. Y me asomé a la ventanilla del coche al pasar.
– Me acuerdo perfectamente -dije.
Nos reímos.
El whisky empezaba por fin a emborracharme. Después de todo lo que había tomado en el bar del teatrito, ya era hora. Uno flota dentro de sí mismo y ve las cosas perfectamente aisladas, afuera.
