
– Por lo visto te pasaron muchas cosas a los ocho años -dijiste.
– Y no sólo a mí. Ya hubo uno que a los siete había descubierto su alma negra. Pero no fue la mano de una prima, sino la de su hermana. Es una sospecha que tengo sobre la locura de Nietzsche.
– No me interesa -dijiste con brusquedad. Algo había pasado.
– Hay historias peores -dije-. Sin ir más lejos, Lagardére se acostó con la hija.
– No era la hija. -Habías agachado la cabeza y buscabas algo en la cartera. No pude verte la cara. -Pero es cierto, hay historias peores… -Te mirabas en un espejito de mano. Lo que veías no pareció gustarte. -Qué monstruo -dijiste inexpresivamente, pero no hablabas de tu cara, ni conmigo-. Voy a pintarme.
Te miré caminar.
Me causó gracia imaginarte unos años atrás. Vos y un primo, menor, naturalmente. Amparada en la impunidad del parentesco, de la inexperiencia de los dos, porque el secreto era ése, estar lo bastante cerca de la inocencia verdadera como para sentirse del todo angelical. No tenía ninguna gracia.
Le hice una seña con el vaso al mozo. No me vio. Mal augurio cuando los mozos enceguecen. Empezó a dolerme la cabeza, lo que me faltaba.
