– Qué te pasa.

Ahí estabas. Sentada frente a mí como si nunca te hubieras movido de la mesa. Pintada como Nefertiti.

– Nada. Una especie de puntada en la nuca.

– Estás cansado. Vamos, si querés.

Lo que más detesto en el mundo es que me cuiden. Estuve a punto de decírtelo pero sentí que era absurdo. Iba a estropear estúpidamente la noche. No iba a estropearla: ya estaba estropeada. Hasta ese momento no había notado la repugnante cara del mozo que nos atendía. Cara de gestapo, pensé. Y esas pinturas en las paredes, por favor. Y yo acá jugando al alma atormentada con Graciela Oribe alta de manos bizantinas, a la que le gustaba caminar de noche descalza junto al mar, lectora de Teresa de Ávila y de la pequeña Lulú, devota de Bob Dylan y de Mozart, que quería ser yo, que quería ser Bernardette, y después Monelle y seguramente todas sus hermanas, las pequeñas rameras. Y mientras yo estoy acá, miles de chicos caquécticos en el norte del país, ahí nomás, cruzando Córdoba. Y el mozo de mierda ese, qué mira. Lo que pasó de inmediato estaba previsto. Detrás de mí comenzaron a levantar sillas y a apilarlas sobre las mesas. Nos estaban echando. Pero sobre todo a mí. Pedí un whisky, pedí la cuenta y pagué. Puesto que eran casi las tres de la mañana había que irse, y si eran casi las tres de la mañana no existía ninguna razón para que una niña de familia de veinte años, si es que tenías veinte años, anduviese fuera de su casa con un desconocido. A menos que esté bastante acostumbrada a llegar con cualquiera a cualquier hora. Sin contar, ahijadito, que habernos sentido Francisco de Asís lamedor de chancros gracias al inesperado bálsamo de la niñez caquéctica argentina, nos revelaría para nuestros adentros no carecer de cierto fangoso y más que regular cinismo.

– Vamos -habías repetido.

Y de nuevo aquello, esto, esta sensación más que física de dolor, un desgarramiento simultáneo y total que



17 из 337