
– Cómo se llama este lugar -pregunté.
– La Cañada.
Me asomé al parapeto. Un abismo bastante considerable, mucho más teniendo en cuenta que allá en el fondo no se percibía sino un tenue hilito de agua.
– Y eso, esa especie de pis de gato que corre ahí abajo, de qué torrente se trata.
Oí nacer un trueno lejano. Muy adecuado a la situación. Como provocado por mí, por mi hostilidad. Trece siglos y medio atrás me habrían dado cinco años de cárcel por causar tempestades. Líber Poenitentialis. Desde hacía un rato largo sentía la maligna necesidad de ser desagradable e hiriente. ¿Te darías cuenta?
– Un río -dijiste-. El Río Suquía.
– Caudaloso. El ingeniero que proyectó este entubamiento tenía una idea algo febril de las cosas.
– Mamama Albertina te puede contar de las inundaciones.
– ¿Mamama?
El trueno se arrastró a lo largo de la noche de Córdoba como un vago bramido y se apagó al otro lado de las sierras. En el silencio, tu voz:
– Mamama. La grana mamam -en perfecto francés. Sí. Te dabas cuenta.
– Tu abuela -dije.
Oí tu risa en la oscuridad, como una absolución.
– La tuya.
Y ése hubiera sido quizá el momento de hacer algo natural y razonable. O de empezar a hacerlo. Darle alguna utilidad a ese parapeto. Besarte. Apoyar, con o sin consideración, alguna mano sobre algún lugar. Nadie se va a la cama por combustión espontánea. Y seguramente estuve por intentarlo; pero algo me lo impidió. Como brotado de la tierra apareció él. El perro. Un esquelético perrazo amarillo, intempestivo y sonriente. Los faros de un automóvil lo iluminaron a no más de medio metro de nosotros. Gritaste y te sentí pegada a mi cuerpo.
