– No es para tanto -me oí decir mientras la bestia se alejaba con la cola entre las patas y yo me insultaba interiormente por lo que ibas a escuchar de inmediato. Ya no había fuerza en el mundo capaz de impedir que lo dijera-. No hacía falta este tipo de colaboración.

Te apartaste sin brusquedad, lo suficiente para mirarme. No vi tus ojos porque la luz me daba de frente. No me gusta imaginar tu mirada en ese momento. Y mucho menos mi cara. Tengo un talento especial para la ridiculez, eso no iba a poder negármelo nadie.

Después estamos ante una enorme puerta en arco y vos buscas las llaves en la cartera.

Entonces recordé que yo no conocía Córdoba. Empezaba a hacer frío y no tenía la menor idea de dónde estaba ni de cómo encontraría mi hotel. Ahora no podía preguntarte cómo me las arreglaba para volver ni pedirte que me dibujaras un mapita.

Me fui. Una solución razonable era rehacer todo nuestro trayecto al revés hasta llegar a alguna parte. Cuando pasé por la Cañada, el monstruo, babeante y sardónico, todavía estaba allí.

VI

Chango, oí a la mañana en el hotel, al despertar, y en ese mismo instante, pero en un lugar distinto, el otro sonido: la risita. La luz me embistió como un baldazo. Santiago estaba sentado en el borde de la cama y tenía un mate en la mano. Durante la noche me desperté tres veces. Recuerdo la palabra expósito, a las cuatro de la madrugada: un deslumbramiento o una revelación. Como si me hubiera fulminado el sonido. Un flash: expósito. También vi mi cuerpo caído sobre las piedras fabulosas del sueño. Me levanté y corrí. Corrí desnudo bajo el más rojo desorden planetario y llegué al sitio de siempre, a rastras sobre las afiladas piedras, deshollado y casi ciego bajo esos planetas de sangre, pero vivo. Galopes y ladridos detrás. Los perros, los perros. Y una mujer con una flor en la boca. Me despertó una risita muy suave sacudiéndome los hombros desde adentro: mi propia risa.



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