
El jujeño hizo un ruidito seco, un aborto de risa entre melancólica y doctor Caligari.
– Es cierto. En los últimos años han disminuido mucho las enfermedades microbianas. Lo que sigue aumentando es la locura. Me gustas -dijo después. Lo dijo de un modo extraño, como si en realidad estuviera pensando: Aunque no me gustes nada, creo que me gustas un poco. -¿Cuántos años tenés?
Era fatal. Volví a espiarlo de reojo. De perfil, tenía el aire de un halcón cansado. Arruguitas en las sienes. Tres largas rayas como grietas le cruzaban la frente. Me sentí liviano y nítido (pero qué era eso, qué era lo que se avecinaba, eso que se había desencadenado en algún lugar de la ciudad y se avecinaba como una informe mole sombría, por qué esta inquietud y, para decirlo de una vez, este miedo) y quise ser generoso o continuar sintiéndome generoso, porque, de un modo oscuro y difícil de precisar, lo de la desesperación que se cura como la hepatitis había sido un arrebato de alegría o de flor secreta, un homenaje, no del todo humorístico, no sabía por qué ni a quién.
Me agregué dos años, fue todo lo que pude hacer.
Vi, allá enfrente, la cúpula de mosaicos de la basílica de Santo Domingo. Estábamos a punto de cruzar la calle.
– Sos muy pichón -dijo él.
Hice un último esfuerzo. Me aferré al campanario y sus palomas, a los quioscos chinos, al aire que realmente olía a garrapiñadas.
– No te hagas el senil. En este país todo el mundo tiene el complejo de la edad.
