
Este país, como decir: esta pensión.
– No, chango; es algo mucho más profundo.
Y si esperaba que prosiguiera, me equivoqué. Pero qué país cachivache, realmente. Más profundo. Me irritó esa vaguedad, la sentí como un fraude, un argentinismo sencillo y astuto para fingir sabe Dios qué honduras de pensamiento, qué ideas abismales. Hoy, sin embargo, sentado frente a la ventana en el mismo cuarto de hotel que hace años ocupó Santiago, a unas pocas cuadras de aquella esquina, de aquel mismo campanario, pero separado de la ciudad por un infranqueable territorio que no miden la distancia ni las horas, sino la muerte, la ruina de los sueños, el olvido, sé que aquel lejano "más profundo" era el mejor modo de expresarlo. El jujeño cambió de brazo su carpeta negra y se echó hacia atrás el pelo con la mano. Un lindo gesto. Como un nadador que sale del agua.
Habíamos llegado a Velez Sarsfield. Eran exactamente las nueve de la mañana. Cruzar una calle no es siempre lo mismo que cruzar una calle, pensé.
– Oíme -me oí preguntar de pronto-, ¿alguna vez te sentiste…?
(…¿solo?, ¿único en el mundo?, ¿separado del resto de los hijos de puta que habitan este cementerio y te miran como a un peligroso ejemplar contra natura?, ¿jodido pero contento?, ¿como fraguado en un metal purísimo?…)
Pero mejor me callaba.
– Sí, chango -dijo entonces el jujeño-. Yo también, hace mucho, fui más joven que nadie.
Me hubiera gustado saber de qué se reía pero no tuve tiempo de preguntárselo, porque aquello, lo que fuera aquella cosa que se había desencadenado en alguna parte y avanzaba por la calle como un trueno negro ya estaba casi sobre mí, una masa sombría que patinó largamente sobre el empedrado con un vagido de animal mítico, una especie de brama o de relincho -… el de la Muerte, ahijadito, grandísima yegua que impide llegar con salud a la otra vereda, porque lo que estaba avecinándose ya llega, porque venimos avanzando vertiginosos, desgolletados, dejando el culerío- mientras el jujeño me toma del brazo y con brutalidad me aparta, y una hoja, volando de su carpeta, planea un instante en el aire y va a dar a mis manos -¡Cuidado!
