Todo esto ocurría en Córdoba, a las nueve de la mañana. En plena calle Vélez Sarsfield, supongo.

Santiago ha reiniciado el regreso a la vereda, y el astrólogo, achicando los ojitos, lo mira fríamente por encima de la lupa. Puedo haber alterado muchos hechos, puedo recordar mal o inventar cada una de las cosas que llevo escritas, pero no que Santiago, de espaldas, fue mirado de ese modo.

El astrólogo dejó de examinarme la mano dijo que era interesante, sumamente interesante. "Y en especial", dijo, "el dedo lúdico." Agregó que naturalmente ya volveríamos a encontrarnos. Y a hablar. Había una línea rara, además, y hasta inquietante: demasiado orientada hacia el centro abisma. Abisma. Se interrumpió pestañeando; abrió los ojos como quien está a punto de estornudar. "¡Abismático!", dijo al fin. "Hacia el abismático centro de la mano… ¡A la Ciudad Universitaria, postillón!", le ordenó al hombre del taxi, y yo no me asombré de que, cada cual por su lado, fuéramos todos en el mismo rumbo. "Ah, otra cosa", alcanzó a decir, dándose leves y repetidos golpecitos con el dedo meñique en mitad de la frente. Él, de ser yo, de tener esa singularísima línea (que ahora, para mi ilustración, situaba en su guante de pécari), él se cuidaría del alcohol y de los golpes. De ciertos golpes. El coche ya arrancaba; Santiago, tomándome del brazo, me arrastró hacia la vereda; dijo que mejor huyéramos de esa zona. Zona de tráfico, la llamó. Yo miraba alejarse el coche. En la cabeza: de los golpes en la cabeza. Y esto no lo escuché porque el señor Urba no lo dijo; lo deduje de su gesto. Había sacado su propia cabeza por la ventanilla, de espaldas, es decir, con la nuca hacia nosotros, y como un comediante que está seguro del efecto que ha causado, sin requerir nuestra atención pero dando por hecho que la tiene, iba señalándose con un dedo la coronilla.

IX

Te reías divertida.



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