– Yo, Juana.

– ¿Juana de Arco? -pregunté con disgusto.

– No, zonzo. Juana, la señora de Tarzán.

X

Mientras cruzaba bajo las alamedas los jardines de la Ciudad Universitaria me pareció oír, cóncavo y horrendo, el rugido de un león. Cosa bastante extraña, ya que ni Hemingway debió de oír un rugido auténtico. Nada más raro que ese bramido sobrenatural que enmudece a los pájaros, paraliza hasta a los elefantes y hace que los monos se abracen con las monas en las altas ramas. Por alguna razón, Santiago ya no venía conmigo. Podía haberme equivocado de camino, pero no tanto como para estar en África. A menos que esta fuera la famosa selva oscura. Idea que aunque estúpida me desagradó profundamente. Lo más probable es que por ahí cerca hubiera un zoológico, si es que el zoológico no era esto, muchachos con aire de futuros boticarios y viejas gallinetas que pasaban a mi lado cacareando sobre el Amadís. Pregunté por el Pabellón España. Allá estaba. Una especie de pórtico; detrás, un patio andaluz, donde todo el mundo estaría sintiendo al mismo tiempo la obligación de hablar con inteligencia y casi a gritos. Me fue fácil imaginar, Graciela, con inexplicable ternura al principio, que vos estarías allí, hastiada y tal vez algo ausente mirando hacia el sitio por el que yo debía llegar, e imaginé cómo, al verme, adoptarías un gesto ostensiblemente atento en cualquier gran mono culto de los que sin duda te están rodeando mientras yo vengo a tu encuentro por las alamedas y siento un repentino deseo de volverme. Porque ahora ya no te pensé con ternura sino con irritación. Te imaginé entre todos esos cretinos: adoptabas ese aire típico de mujer que ha leído tres libros, esa actitud asexuada de híbrido intelectual, sin advertir que los grandes monos cultos que te escuchan con atención, asintiendo, preguntándote qué pensás del psicoanálisis o de la revolución cubana o del concilio ecuménico, están, desde hace un buen rato, imaginándote en la cama.



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