
– Pasen al aula -quiso decir.
Entramos. Mi primer impulso fue preguntarle por vos; sin embargo, tuve dos poderosos motivos para no hacerlo. El primero fue que realizar este tipo de averiguaciones siempre me resultó levemente repulsivo. Soy incapaz de ciertos esfuerzos sencillos como el de preguntar, fingiendo naturalidad: "¿Así que la señorita Oribe no ha venido?" Descarté por supuesto la indecencia de "su amiga" y, cosa curiosa, no me sentí con derecho de imaginarme preguntando simplemente por Graciela. El giro "señorita Oribe", aunque algo arcaico, contraponía su esencial decoro a la impresión sospechosa, o de idiotez, que siempre causa un ser humano en estos casos. Pero, aunque me hubiese animado, cómo preguntarle si no habías venido, cuando (como era indudable) no habías venido. Por supuesto que había otras fórmulas, pero sonaban por el estilo. Y además qué iba a sacar con que medio Córdoba sospechara que yo te andaba persiguiendo, o vinculara, y esto sí ya era catastrófico, tu ausencia con esta persecución y en pocas horas me atribuyeran los propósitos, los actos incluso, más aberrantes y vergonzosos. El segundo motivo fue la presencia del doctor Urba. Estaba allá, en el fondo del aula, sentado junto a un gordo y sonriente cura de nariz colorada que lo doblaba en tamaño. El doctor Urba, mirándome, le susurró algo al oído, y el gordo abrió mucho los ojos, sin dejar de sonreír. "Cazzo di Dio!", me pareció leer en su labios, "cosa fabla queste piccolo dotore infernale? Vade retro!" Y con un gran pañuelo a cuadros se sonó estruendosamente la nariz.
Nos sentamos frente a la clase. La cátedra, un escritorio de color totalmente inadecuado, brillante, era demasiado pequeña para que nos ordenáramos cinco personas a su alrededor, a saber: la señorita Cavarozzi, Santiago y yo, un bigotudo poeta místico que había conocido la noche anterior y una persona de sexo indefinido que por algún motivo comenzó a hablar sobre el Libro de Job y la palabra hebrea Behemot.
