Lo que de ningún modo imaginé es lo que ocurrió: no estabas.

Y si fuera útil señalar en qué momento exacto empiezan realmente a existir las cosas, mi entrada en aquel pabellón sería la metáfora. No estabas, y era como un hueco. Un modo mucho más rotundo de probarme tu existencia que si, apareciendo de pronto, te hubieras arrojado desnuda a mis brazos. Supe al mismo tiempo que durante toda la mañana yo había estado luchando contra una infantil sensación de angustia, de soledad, muy anterior a mi llegada a Córdoba, huyendo de algo o no queriendo enfrentarme con algo que ya me había alcanzado, y me di cuenta de que sin saberlo te había atribuido estúpidamente una importancia decisiva en mi vida. ¿Era ridículo? Y hasta algo peor que ridículo. Lo único que había entre nosotros eran unas cuántas palabras la noche anterior, la mitad de las cuales no significaban nada, algún roce casual, tu cara en un sueño. Yo lo había magnificado todo con mi insensata manía de atribuir el sentido más grandioso a los hechos más vulgares. Por lo tanto, ahí estabas: esa nada, esa natural prescindencia de mí, eso eras vos. No había ninguna razón para que estuvieras y, sencillamente, no estabas. Me sentí humillado y absurdo. Mi contrición, los miriñaques que le inventé al tranvía, el centauro, la necesidad de ser o de creerme generoso con Santiago, todo se volvía grotesco y estudiantil. Por fortuna no tuve mucho tiempo para pensar en esto último.

– ¿Dónde te perdí? -dijo Santiago a mi lado-. Oíste el rugido del león.

– No.

– Uno de los dos necesita con urgencia un vasito de algo -dijo Santiago.

La señorita Cavarozzi se acercó. Agitaba su dedito ante la nariz del jujeño. "Impuntuales, impuntuales", gorjeó. "Ay, estos poetas." Después, percibiendo tal vez algún desequilibrio en el universo, pareció a punto de tocarme la nariz a mí. Algo en mi cara se lo impidió.

– Pío -me pareció que dijo.



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