El Poeta Místico, con redoblado fervor, hablaba ahora del Paráclito y de sí mismo, y para colmo el frasquito no aparecía por ningún lado. Miserable intermediario, oí, miserable intermediario entre Dios y los hombres. La idea me puso frenético, las dos ideas: la de Que Dios pudiera realmente hablar por boca de aquel bigotudo, y la idea de que me hubiese olvidado las anfetaminas en el hotel. De pronto las encontré. Él decía que la belleza sólo puede ser insuflada por el Ordenador de toda belleza, y yo, maniobrando con el pulgar y el índice dentro del portafolio, destapé por fin el frasquito, pero las pastillas se desparramaron cuando quité el algodón. Porque el artista verdadero no tiene nada que ver con la anormalidad y cómo no pensar, oí, a qué alturas hubiera llegado una pobre alma como la de aquel gran desdichado (¿cuál?) de haber sido no recuerdo qué, porque, al llevarme dos cápsulas a la boca, vi que la mirada astral del profesor Urba no había perdido uno solo de mis movimientos. Traté de correr hacia mí la carpeta con el temario y, sin ninguna razón, describiendo un semicírculo, el gran tintero rodó sobre el escritorio.

– Pero, cómo ponen tinteros -dije en voz alta, y el Poeta Místico enmudeció de golpe.

Tratando de evitar la salpicadura nos habíamos puesto de pie. Durante un momento la confusión fue enorme. Vino una alumna y trajo secantes, cosa que me maravilló. Así que los universitarios usan secantes. La señorita Etelvina hacía toda clase de evoluciones sin sentido aconsejando cómo limpiar y diciendo cuidado, cuidado con la ¡…Tinta! ¡Cuidadito con la tinta! Pues Él tenía un plan para el gobierno de los Mundos y de la historia de Esteban, según Su pensamiento que era la Verdad, la Belleza y el Bien, pero yo he torcido el curso de la naturaleza e introduje la confusión en todas las cosas, yo, que he levantado mi voluntad libre en contra de la Santa y he enmarañado los caminos de modo que ahora hay tantas sendas como hombres y días llegará en que haya tantas como estrellas…



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