
– Cuidado, porque la tinta no sale.
Cuando se restableció el orden, el Poeta Místico no pudo retomar el hilo de sus ideas. Y poco a poco comencé a ver con asombrosa claridad todas las cosas. En los secantes, las manchas eran indistintamente estallidos de novas, flores de otro mundo y peces terribles, parecidos a tiburones, aunque no eran tiburones porque yo sabía perfectamente que tenían otro nombre mientras Santiago hablaba con su hermosa y grave voz de la grave y hermosa Edad Media, de la vieja edad en que todo era posible porque el tiempo fluía como un manso río y se podía visitar, aunque con pavura, el sótano helicoidal donde vuelan como palomas Paolo y Francesca, sumirse en redondo y bajar al círculo de Ugolino, que se comió a sus tres hijos y muerde desde hace siete siglos la cabeza tonsurada de un cura. Bajar y volver a subir, y contemplar de nuevo las estrellas.
– A usted -dijo la señorita Cavarozzi.
– A mí qué -pregunté en voz baja.
– Hablar -dijo Santiago-. Te toca hablar.
– De qué…
…de lo que quieras, ahijadito. Con ellos, de lo que quieras. Y mientras tanto, escuchar. Hablar con ellos y escucharme a mí.
¿Que es esto?
Esto es esto. Una interpolación intempestiva. Una charla conmigo debajo de tu charla con ellos. O mejor, un pequeño fragmento, previo a las Operaciones Brillantes, al luminoso contrato que aunque te hagas el loco, o justamente por eso, te fascina.
¿Quién es usted?
Te fascina, querido, pero no se verificará, no al menos hasta que depongas esa cautelosa retórica argentina que desde antiguo impide la familiaridad entre mis compatriotas y los tuyos, y que taimadamente te hace hablar de usted, para referirte a mí. ¿Por qué? Por falta de orgullo, y de país. Pero a Mí, ya se sabe, o se me tutea o nada.
