
Hay gente que se mira y se odia, así anda el mundo. Decía que comer caca, lo que se dice caca, aquello desgarrador y atroz que hay en el alma de un desgraciado que hace algo grande o hermoso mientras busca la felicidad y come caca, eso a lo mejor se aprende. Pero dónde se aprende, Ignacio, cómo se aprende. Yo te digo cómo. Metiendo bien metida la cabeza en el agujero del excusado, pero sin dejar que la mierda se te gane en los sesos o en el corazón. Corazón dije, qué hay. O regalándole una oreja a una puta como quien corta una flor. Locura, eso es lo que nos hace falta, o una gran pureza. ¿Sabes por qué somos mediocres, chango? Justamente porque aspiramos a la cordura, al equilibrio. Somos medio roñosos, medio inocentes, medio argentinos, medio borrachos, medio universitarios, medio putos, medio escritores, medio comunistas, medio fracasados. Yo soy un fracasado, lo admito, pero soy un fracasado con grandeza. Todos estos tipos -agregó en voz alta y se puso de pie y algunas caras se dieron vuelta hacia nosotros mientras el ademán del jujeño, ampliándose, parecía abarcar no sólo los claustros y los profesores y las cátedras sino las siluetas que deambulaban entre los jardines, y mucho más allá, entonces tuve un presentimiento y me dio miedo porque el gesto de Santiago ya no tenía nada que ver con sus palabras-, todos estos tipos, chango, aspiran a ser fracasados, pero con sello y firma.
No volvió a sentarse.
Bastián había recuperado su sonrisa irónica. Apoyaba el mentón sobre el dorso de los dedos en una actitud contraída, fetal. Su mano me recordó vagamente la pata de una gallina a la que se le han cortado los tendones.
– Y vos, qué sos -me dijo.
Me levanté. Verónica, de allá lejos, nos hacía señas con la mano.
– Dentro de cien años volvé -dije yo-. Alguno, ahí adentro, te lo va a explicar.
Bastián seguía sentado. Me miraba torciendo la cara. Santiago le puso entre las manos la cantimplorita y fue hacia la puerta. Bastián no hizo un gesto. Sin dejar de mirarme, dijo: