– Sos un personaje muy desagradable, sabes.

– Sí. Vos también. La mayoría de nosotros.

– Y tenés un miedo bárbaro, vos sí que le tenés un miedo bárbaro al fracaso.

– Conmigo acertás siempre. Sólo que yo le llamo ganas de justificar la vida.

Santiago estaba saliendo. Bastián se rió.

– Anótalo, jujeño. Dice frases para la historia. Se puso de pie y fue hacia el mostrador. Me daba la espalda. Lo llamé despacio.

– Bastián.

Se dio vuelta a medias, sin mover el cuerpo; girando sólo la cabeza. El jujeño había salido. Estábamos solos.

– Qué.

– Para qué todo esto.

Volvió a darme la espalda, después me miró de frente.

– Ándate a la puta que te parió -dijo.

XII

Sentado, alrededor de mediodía, en un café de calle San Jerónimo, esperando verte pasar. No hay ninguna razón para que pases por allí, pero tampoco hay ninguna razón para que no pases. Enfrente, una alta puerta devastada, hundida en la pared entre contrafuertes dobles y medias columnas rematadas en lo que alguna vez fue un gran penacho elevado sobre el ático, intenta, desde hace un buen rato, parecerse a otra, vista por mí desde una ventana de café como ésta. La imagen se hizo casi sonora; revoloteó un segundo a mi alrededor y estuvo a punto de atraparme con su red de música trivial, de altoparlante fragoroso sobre una calle arbolada de plátanos. Una calle que desembocaba en una plaza.

Entonces te vi. Llamé al mozo, pagué y crucé casi corriendo.

Te diste vuelta con demasiada naturalidad.

– Hola -dijiste-. Te hacía rodeado de señoras.

De cerca, la puerta diluyó su ambigua amenaza de sirena. Sin embargo, aquello había estado ahí y acaso aún estaba, acechándome, y supe que al correr hacia vos lo hacía también en otra dirección, pero, ¿en qué dirección?



62 из 337