
Fitz se volvió, Lucy estaba pintando algo sobre la mesa de la cocina.
– ¿Vas a tardar mucho? El té está casi listo.
Ella recogió los lápices y la pintura y los metió en su cartera. Luego lo miró con sus grandes ojos azules y brillantes inusualmente tristes.
¿Desde cuándo sabía quién era su madre? ¿Cuándo había encontrado su certificado de nacimiento, la foto de Brooke Lawrence, todas las cosas que él había mantenido guardadas en su escritorio, en lo más profundo de su vida?
Se había dicho que algún día tendría que contarle todo. ¿Pero cuál era el mejor momento para contarle a una niña que su madre no la había querido?
– Ya he terminado -dijo Lucy sonriendo-. ¿Pongo la mesa?
Cuando sonreía así se parecía mucho a Brooke. El cabello castaño y los ojos azules no eran los de ella, pero esa sonrisa…
– Por favor -le dijo y apartó la mirada.
¿Por qué seguía afectándolo de esa manera? Pudiera ser que Brooke tuviera la sonrisa de un ángel, pero sólo eso. En lo más profundo de su ser lo había sabido siempre, incluso cuando la había perseguido con una insistencia que había sido el noventa por ciento las hormonas y el resto, sentido común.
¿Cómo le iba a decir a esa niña a la que tanto quería que su madre nunca la había querido? ¿Que se la había dado a él y luego se había marchado de su lado el día después de que ella naciera?
Pero Claire Graham tenía razón, tenía que decirle algo, y que fuera lo más parecido a la verdad. Cuando fuera lo suficientemente mayor ya le podría preguntar ella en persona a Brooke por qué la dejó así. Y entonces, tal vez se lo pudiera contar a él, ya que nunca lo había entendido.
Tenía que decírselo ahora, antes de que Lucy se inventara una docena de fantasías.
– Lucy…
– ¿Qué vamos a comer?
– Spaghetti carbonara.
– Oh, muy bien. ¿Me puedo tomar un refresco?
