
La miró y el poco valor que tenía se esfumó.
– Si yo me puedo tomar una cerveza.
– ¡Ecs! La cerveza es desagradable.
– ¿Oh? ¿Y cómo sabes a qué sabe?
Lucy se rió y a él se le agitó el corazón, como siempre. -Vale, ve a por las bebidas mientras yo sirvo.
Más tarde lo intentó de nuevo.
– Lucy, la señorita Graham me pidió que la fuera a ver hoy.
La niña lo miró alarmada.
– ¿Oh? ¿Puedo poner la televisión?
Estaba claro que estaba evitando preguntarle el motivo de la visita.
– Espera un momento.
– Quiero ver una cosa…
– Me dijo…
No pudo hacerlo.
– Me habló del día del deporte -dijo por fin-. ¿Te olvidaste de decírmelo o es que no quieres que vaya?
Ella lo miró asustada.
– ¡No! ¡No debes ir!
– ¿Por qué? ¿Es que vas a llegar la última en todo?
Por un momento la vio luchar con una mentira, con la tentación de decirle que lo iba a hacer muy mal. Pero tal vez se diera cuenta de que a él no le importaba nada lo que hiciera en la carrera y que lo que le importaba era que ella se divirtiera.
– No, pero si vas, se estropeará…
– ¿Qué?
– Yo… Yo he hecho algo que va a hacer que te enfades mucho, papá.
– Deja que sea yo el que decida eso. No creo que sea tan malo como piensas.
– Yo le he escrito a mi…
– ¿A quien le has escrito?
– A mi madre. Le he escrito y le he pedido que venga el día del deporte. Lo he hecho porque todos dicen que estoy mintiendo, porque no me creen, pero es cierto, ¿no? Brooke Lawrence es mi madre.
A él se le hizo un nudo en la garganta, pero aún así, tuvo que decirlo.
– Sí, Lucy. Tu madre es Brooke Lawrence.
– ¡Sí! -exclamó Lucy-. Y vendrá el día del deporte y todo el mundo lo sabrá.
Echó a correr y, por el camino, al entrar al salón, tiró al suelo un perro de porcelana. Fitz la agarró y luego recogió los restos del perro.
