
– Entonces eso responde a mi pregunta. Has recibido la carta de Lucy.
Bron miró entonces el sobre que había dejado también sobre la mesa de la cocina. Desafortunadamente, trató al mismo tiempo de colgar el teléfono. Falló y el auricular dio en la pared. Todo terminó por los suelos.
James Fitzpatrick se acercó y se inclinó para recoger el aparato.
– Se ha roto -dijo.
– Ya lo estaba.
– Ya veo -dijo él mirándola-. Me he preguntado a menudo a quién se parecía Lucy en esto.
¿Lucy era torpe?
– Me has asustado -dijo ella-. ¿Por qué has venido por la puerta trasera?
– Pensé que sería una buena idea tomarte por sorpresa, antes de que tuvieras tiempo de echar la cadena de seguridad.
A Bron le estaba resultando difícil respirar con él tan cerca. ¿Era ése el padre de Lucy? ¿Brooke se había apartado de ese hombre para irse a filmar monos y arañas en unos pantanos infestados de mosquitos? No podía creerse que su hermana fuera tan tonta.
– ¿Y por qué iba a hacer yo eso?
– Hice una promesa. Y el hecho de que esté aquí debe indicarte que estoy a punto de romperla.
¿Qué promesa?
– ¿Por Lucy? ¿Cómo está…?
– Has tenido casi nueve años para hacer esa pregunta -la interrumpió él.
– No he querido decir…
– No tienes que hacer como si te importara, Brooke, no por mí. Ahórratelo para tu hija.
¿La hija de Brooke?
Brooke lo estaba mirando como si estuviera atontada y vio con satisfacción que no era el único al que le estaba costando respirar. Pero seguramente ella lo estaría esperando, si había llegado al punto en que lo iba a llamar, seguramente para que no la fuera a buscar. No le cabía duda de que lo iba a hacer para detenerlo. Como si alguien pudiera hacerlo.
Era curioso. La había visto en televisión docenas de veces y nunca había sentido nada. Había estado tan seguro de que ella era incapaz de hacerle eso de nuevo y, ahora resultaba que era como si todos esos años no hubieran pasado, ella siguiera teniendo veinte años y lo estuviera mirando sentados en un banco del campus de la universidad.
