
El cartero lo vio llegar y le abrió la puerta de la cerca. Pero él se detuvo en medio del camino.
¿Y si ella se negaba a hablarle? ¿Y si se lo tomaba como un fantasma del pasado que había preferido olvidar?
Tenía todo el derecho a hacerlo. El le había prometido que nunca se pondría en contacto con ella, que nunca traicionaría su secreto. Pero entonces nunca se había imaginado que tendría que mantener esa promesa. Y la felicidad de Lucy era más importante que ninguna promesa. Salió del sendero y se dirigió al jardín trasero de la casa.
Bron dejó sin abrir la carta certificada de la compañía de seguros de su madre sobre la mesa de la cocina. Su madre estaba muerta y nada cambiaría eso, pero Lucy estaba viva y necesitaba ayuda ahora. Tomó de nuevo el teléfono y volvió a marcar. Le dejaría un mensaje al tal James Fitzpatrick para que la llamara. Mientras sonaba el teléfono, una sombra pasó por delante de la ventana. Alguien estaba dirigiéndose a la puerta trasera de la casa. Sin duda la señora Marsh para ver cómo estaba.
– Adelante… -dijo.
Entonces volvió a oír la voz, pero esta vez no venía del teléfono.
– Brooke… -dijo él y ella se dio la vuelta.
Supo inmediatamente quién era él.
– James Fitzpatrick.
Como para confirmarlo, la voz del contestador le repitió el nombre.
Él no se movió por un momento, se quedó en la puerta.
– Eso es un poco formal dadas las circunstancias, Brooke. Sigo llamándome Fitz.
– Fitz -repitió ella mientras trataba de pensar qué estaba sucediendo.
Él, al parecer, se tomó esa pausa como una invitación y entró en la cocina. La voz era perfecta, el hombre era perfecto. Más que perfecto, era hermoso. Alto, con hombros anchos, delgado, con el cabello oscuro y rizado, una boca sensual y unos hermosos ojos azules. Ningún hombre tenía derecho a estar tan bien.
– Estaba tratando de llamarte… -dijo ella.
