
Fitz se levantó. Necesitaba salir de ese caluroso despacho para poder pensar.
– Gracias por hacerme saber lo que está sucediendo, Claire. Veré lo que puedo hacer.
– Fitz, se puede cortar todo contacto, se puede destruir toda memoria física, pero no se puede evitar que una niña quiera saber sobre su madre. Ahí hay una necesidad, un nexo irrompible.
– ¿Tú crees?
– Lo sé. Puede que ella no quiera a Lucy, pero su madre también debe estar preguntándose cómo será, cómo estará creciendo. Tal vez le guste tener la posibilidad de conocerla. Eso sería muy natural.
Claire lo acompañó entonces a la puerta.
– Pronto llegarán las vacaciones. ¿Os vais a ir fuera a pasar el verano?
El deseó decirle que se metiera en sus asuntos, de la misma manera que había querido decírselo a todo el mundo desde que se había llevado a Lucy a casa y se había encontrado con las hordas de médicos, asistentes sociales y ciudadanos preocupados que querían saber quién se estaba ocupando de la pequeña, convencidos de que un hombre solo era incapaz de hacerlo. Pero la expresión de Claire era amable, estaba haciendo lo que creía que era bueno, así que fue educado.
– Sí. Vamos a pasar el verano en Francia.
– Puede que ése sea un buen momento para hablar con ella. Deja que sea ella la que haga las preguntas y trate de ser justo. Un niño necesita a los dos padres, aunque éstos ya no se quieran.
¿Pero y si la madre no quería al hijo? Pensó él.
– Es algo que vas a tener que afrontar, por Lucy, Fitz, por doloroso que te resulte.
«Pero todavía no», pensó él. Lucy tenía ocho años. Era demasiado joven como para que destruyeran su precioso sueño.
– Hablaré con ella… Pronto.
