Y vería qué pasaba…

Las agradables ensoñaciones de lo que haría al día siguiente lo embargaban e hizo caso omiso del sonido de una discusión, que se desencadenaba más allá de la puerta de su estudio, hasta que Amanda irrumpió en la habitación, desobedeciendo al lacayo que intentaba negarle la entrada.

– Fuera de aquí -le ordenó ella, zafándose del lacayo que se quedó en la entrada con el semblante distraído.

– Gracias, Ned. Le agradezco sus esfuerzos. Le llamaré si necesito algo -dijo Julius, haciéndole un gesto con la cabeza.

Cuando el lacayo cerró la puerta, Amanda se descalzó con una familiaridad propia de las viejas amistades.

– Uno podría pensar que Ned estaba vigilando las joyas de la corona -le soltó ella con desdén-. Aunque tal vez la comparación sea acertada -añadió con sonrisa burlona. Caminó cerca del fuego de la chimenea y se desplomó en una butaca frente a Julius, luego se recostó y, tras examinarle por debajo de las pestañas, le dijo sonriendo-: Esta noche te has escapado.

En lugar de decir «fuera de aquí», le respondió con aire risueño:

– Tenía una cita. -Al instante, Julius se dio cuenta de que Amanda podía serle de utilidad. Podría acompañarle mañana en su visita a Lady Grafton. El viejo Grafton no pondría impedimentos a que Lady Bloodworth visitara a su esposa-. Ahora, no obstante, estoy libre -susurró-. ¿Te apetece tomar algo?

– A ti -le dijo en un arrullo.

– ¿Aquí o arriba? -preguntó con tono gentil, haciendo gala de sus mejores modales, dado que la cooperación de Amanda estaba en juego.

– Debería de estar enfadada contigo… huyendo de esa manera -le contestó haciendo un mohín encantador.

Por lo general, ella lo habría sacado de quicio con semejante intrusión y aquel mohín de reproche. Pero, absorto en sus planes, se encontraba de un estupendo humor.

– Permíteme que te ponga de mejor humor, querida -comentó él, mientras se daba unas palmadas en el muslo-. Acércate, siéntate en mi regazo.



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