
Decidió dejar a un lado la opinión que le merecían las vírgenes, a las que consideraba aburridas, porque Lady Grafton despertaba en él un extraño e inexplicable deseo. Su belleza, aunque endemoniada, no era razón suficiente para explicar aquella atracción sin precedentes que ejercía sobre él. Durante años se había estado divirtiendo con las beldades del momento. Esquivar a un marido vigilante tampoco le suponía enfrentarse a un nuevo reto. De las mujeres de su clase se esperaba que se casaran como es debido y no por amor. Por general, una vez daban a luz al heredero, se entregaban a la diversión fuera del lecho conyugal.
Pero entonces, ¿por qué sentía semejante atracción? ¿Por qué recordaba extasiado a aquella joven rubia? ¿Acaso era la situación que vivía, tan contrapuesta a la suya, la que suscitaba su interés? ¿Le seducía la idea de que fuera la hija de un vicario?
¿O entraba en juego alguna clase de hechizo?
¿De alguna manera ella le había dado a entender, sin utilizar las palabras, sus deseos más íntimos?
Descartó esa ridícula idea y echó la culpa de aquella sarta de absurdidades a los tres coñacs, además de la enorme cantidad de bebida que había consumido durante la noche. Con todo, a pesar de desterrar aquellos ridículos pensamientos, le resultó imposible liberarse de la imagen de Lady Grafton. Podía incluso percibir su fragancia a violetas, contemplar su esplendoroso busto, su esbelta cintura, la curva de sus caderas. En su imaginación su cabello dorado emitía un suave resplandor, le parecía ver el titileo de los diamantes en sus lóbulos rosados. El recuerdo del ligero roce de la mano de ella sobre su brazo encendió su lujuria.
Era inexperta, estaba sin estrenar, todo un deleite para la vista, y si Grafton la exponía, ¿acaso podían criticarle por picar el anzuelo?
La respuesta era previsible. El mundo le pertenecía desde la cuna.
Pasaría a visitarla mañana.
