Liam se pegó al cuerpo de su hermano, más tranquilo tras el susto de la trabajadora social. Todo iría bien. Conor lo arreglaría.

– Entonces, un día el rey se murió y la Reina Comyna asumió el poder sobre los habitantes de Irlanda. Era codiciosa y quería poseer todas las cosas bellas y de valor, convencida de que debían reservarse a las personas de cuna noble. A diferencia del rey, que había sido generoso con los pobres, la reina no lo era. Fue por todo el reinado, despojando a sus súbditos de todos sus objetos de valor. Fue una época dura y mucha gente pasó hambre.

– Pero Riagan era muy listo -continuó Liam.

– Lo era. Un día, mientras estaba pescando en un río, vio que en el fondo había unas piedras rosas muy bonitas y suavizadas por la corriente. Las recogió y, al volver al pueblo, buscó a una mujer con fama de cotilla. Riagan le enseñó una de las piedras y le dijo que se la había dado un hada y que valía más que el oro.

De repente, Dylan y Brendan irrumpieron en casa, bromeando y riendo.

– ¿Qué hacéis? -preguntó Dylan a ver sus cuatro hermanos en el sofá.

– Me está contando una historia -dijo Liam-. Sigue tú, Brendan.

De todos los Quinn, Brendan tenía un don especial con las palabras y, si Liam cerraba los ojos y solo escuchaba a su hermano, podía representarse la historia en su cabeza como si estuviera viendo una película.

Conor le dio el pie para que continuase:

– Por supuesto, el rumor sobre la piedra rosa se difundió en seguida por el reino y, unos días después, los soldados de la Reina Comyna aparecieron en casa de Riagan para exigirle las piedras rosas que había encontrado. Pero Riagan les dijo que el hada solo le había dado una.

Brendan se sentó en el suelo y estiró las piernas antes de seguir con la historia:

– Al día siguiente, Riagan sacó otra piedra de su escondite, se la llevó al pueblo y le dijo a la cotilla que el hada había vuelto a visitarlo.



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