
– Sí los tenía. Lo que pasaba era que nadie sabía quiénes eran -contestó Brian.
– No los tenía. Era huérfano -dijo Liam.
– Si tan bien te la sabes, ¿por qué no la cuentas tú? -Brian miró el cromo que su hermano acababa de escoger-. Ese ni hablar.
– Cuando oscureció, la mujer empezó a asustarse -dijo Liam, instando a su hermano a que siguiera, sin soltar el cromo de los Boston Celtics.
– No podía dejar al bebé solo, porque los lobos se lo comerían -continuó Brian tras resignarse a perder el cromo-. Pero ella ya tenía siete niños a los que alimentar en casa. Se marchó, pero no podía olvidar la sonrisa tan dulce de Riagan y al final volvió por él y lo sacó del bosque. Las hadas lo vigilaban desde las sombras, contentas de que Riagan hubiese encontrado un hogar.
Justo entonces se abrió la puerta y Conor entró en casa. Se quitó el abrigo y miró con cara de sospecha a sus hermanos.
– ¿Qué hacéis? Se supone que deberíais estar con los deberes.
– Me está contando una historia. De los Increíbles Quinn. Cuéntala tú. Brian no lo hace bien. Es la de Riagan y las piedras rosas -dijo Liam. Conor gruñó, pero no se negó. Casi nunca le negaba nada a su hermano Liam-. La vagabunda lo ha encontrado en el bosque y se lo ha llevado a casa. Vamos por ahí.
Conor se sentó entre Brian y Liam, extendió los brazos sobre el sofá. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y empezó a narrar una de esas aventuras con las que pasaban las tardes juntos. Había muchísimas historias sobre los Increíbles Quinn para elegir, todas protagonizadas por algún antepasado lejano, todas emocionantes y heroicas.
– Riagan se integró en la nueva familia -dijo Conor-. Y en seguida les cambió la suerte. Todos los habitantes del pueblo iban a ver al bebé y se quedaban tan maravillados con él, que siempre dejaban algún alimento o ropa de regalo. Riagan creció y se convirtió en un joven cada vez más guapo. Y gracias a las gotas de rocío mágicas, tenía un pico de oro con el que conseguía convencer a cualquier persona de lo que se propusiese.
