
– ¿No es un poco raro para ser una malversadora?
– Puede ser una estrategia para que no sospechen de ella. Vive en el tercer piso, el último. Todas las ventanas son de su apartamento: el dormitorio a la derecha, el salón en la izquierda. Vigílala, toma nota de las visitas que recibe, apunta sus movimientos -Sean le entregó una segunda fotografía, esa de un hombre de aspecto conservador-. Es su cómplice, Ronald Pettibone, treinta y un años, trabajaban juntos en el banco. Quiero saber si viene a buscarla. Necesito fotos en las que aparezcan juntos.
– ¿Y ya?, ¿solo tengo que esperar a que venga?
– Exacto. Si cometieron la estafa juntos, tendrán que ponerse en contacto para repartirse el botín. Cuando vuelva de Atlantic City…
– ¿Qué pasa en Atlantic City?
– Hay un marido adúltero -dijo Sean-. Rico. Y una cláusula de indemnización por infidelidad en un contrato prematrimonial. La mujer necesita pruebas.
– ¿Por qué no me dejas que haga yo ese trabajo y tú te quedas aquí, helándote en el desván?
– Quiero saber a quién ve, dónde va -continuó Sean.
– ¿Por qué no le pinchas el teléfono o le pones micros dentro de casa?
– Te pueden encarcelar por eso.
– ¿Y por espiar no?
– No.
– ¿Qué tiempo estarás fuera? Si yo fuese a Atlantic City, me divertiría un poco, conocería a algunas mujeres, iría a algún casino. Conozco a una señorita con un trasero impresio…
– Es un viaje de trabajo -atajó Sean.
– Cuesta creer que seas un Quinn -Liam rió-. Está claro que te pasaron por alto cuando estaban repartiendo los genes de la familia.
– Tengo mejores cosas que hacer que dedicarme a perseguir mujeres -murmuró Sean.
