
Y quizá por eso fuera tan buen fotógrafo: le bastaba mirar a través de la cámara para ver la historia que se escondía detrás de las personas a las que fotografiaba: todos sus temores, dudas y conflictos. Sabía lo que el público quería ver en una fotografía y se lo daba. Por desgracia, los directores del Globe consideraban su trabajo demasiado artístico para un periódico.
– Quiero fotos de prensa -le decía su jefe-, no una maldita obra de arte.
– ¿Y cuánto dinero es eso? -preguntó Liam volviendo a la realidad.
– Estamos trabajando para un banco -contestó Sean-. La junta directiva ha descubierto un agujero de un cuarto de millón de dólares. Creen que se trata de un caso de malversación de un par de empleados. Agarraron el dinero y se largaron. Después de localizar a uno de ellos en Boston, me llamaron. Si encontramos el dinero, nos llevamos el diez por ciento.
Liam pestañeó asombrado. Dividido entre dos, ¡eran más de doce mil dólares! Era más de lo que ganaba en un año como fotógrafo.
– ¿Por qué no llaman directamente a la policía?
– Cuestión de imagen. Centran sus campañas de publicidad en la seguridad y les perjudicaría reconocer que los han engañado.
– Está bien. Me apunto. ¿Qué estamos buscando?
– Vive ahí -dijo Sean tras retirar las cortinas apolilladas, apuntando hacia una ventana de enfrente.
– ¿Quién? -preguntó Liam. Cuando Sean le entregó la foto de una mujer, la ladeó hacia la luz procedente de una farola de la calle. Tenía un aspecto muy normal, tenía gafas, llevaba el pelo recogido hacia atrás, una camisa muy formal y un pañuelo enrollado al cuello con arte-. Se parece a mi profesora de tercero, la señorita Pruitt.
– Eleanor Thorpe, veintiséis años, licenciada con honores en Harvard, Empresariales. Entró de contable en el Banco Intertel de Manhattan nada más licenciarse. Una empleada ejemplar. Hace mes y medio dimitió sin dar explicaciones y vino a Boston. Está buscando otro trabajo en el mismo sector. Llamó a Intertel para pedir una carta de recomendación.
