
– ¿Qué hago si el tipo aparece?, ¿lo sigo a él o a ella?
– Me llamas. Tienes mi móvil. Luego consigue todo lo que puedas de él: modelo del coche, matrícula, cualquier cosa que nos sirva para localizarlo. Como si tienes que forzar la puerta de su coche, qué diablos.
– ¿Y no me encarcelarán por eso? -preguntó sonriente Liam.
– Solo si te arrestan -dijo Sean camino de la salida.
Liam miró a su hermano abandonar el desván y cerrar la puerta. Luego se centró en el trabajo que le habían encomendado. Aunque no se daban las condiciones ideales, sus colaboraciones con Sean solían ser sencillas. Se giró hacia la ventana y orientó el teleobjetivo al apartamento del tercero. Había luz en todas las habitaciones y el objeto de su vigilancia estaba sentado en el salón. A pesar de que le daba la espalda, Liam intuía que la mujer estaba leyendo un libro.
De pronto se puso de pie, sujetando el libro con una mano y haciendo aspavientos con la otra. Liam aguzó la vista, tratando de averiguar con quién demonios estaba hablando. Pero estaba sola.
– Aquí control, tenemos a una chiflada – murmuró.
Liam deslizó el objetivo a lo largo de su cuerpo. Era una mujer alta, esbelta, de melena oscura hasta media espalda. Unos vaqueros se ceñían a su trasero y la camiseta era suficientemente ajustada para marcar unos hombros delicados y una cintura estrecha.
– Vamos, Eleanor -dijo Liam-. Date la vuelta, que te eche un vistazo. No estoy acostumbrado a pasar viernes por la noche sin compañía femenina.
Pero no se giró. Sino que dejó el libro y echó a andar hacia el dormitorio, demasiado rápido para enfocarle el perfil. Cuando volvió a tenerla encuadrada, estaba de pie frente al armario. Luego, con un movimiento lento y sinuoso, se sacó la camiseta por encima de la cabeza. Liam contuvo la respiración un segundo antes de soltarla.
