
– Guau -murmuró. Aunque se sentía como un voyeur, no podía retirar la vista del teleobjetivo-. Date la vuelta, date la vuelta -añadió mientras le hacía una fotografía.
Pero, como si estuviera provocándolo, continuó de espaldas. Lo siguiente en caer fueron los pantalones. Los empujó caderas abajo y sacó los pies de las perneras. Sin más ropa que el sostén y las braguitas, se agachó para recoger los vaqueros del suelo, ofreciéndole a Liam un panorama tentador de su trasero.
– Ropa interior negra. Un tanto atrevido para ser contable -murmuró al tiempo que le hacía otra foto.
De repente, el frío y la humedad del desván no parecían molestarlo. La sangre le circulaba un poco más rápido, avivada por el objeto de sus pesquisas. Liam acercó la cámara todavía más contra el cristal mugriento de la ventana.
– Ahora el sostén. O las bragas -murmuró él-. Soy de fácil conformar. Lo que tú prefieras.
Momento en el que la mujer se dio la vuelta y pareció mirarlo directamente a él, con aquel cabello negro enmarcando un rostro de facciones exquisitas.
Liam soltó un exabrupto y se retiró de la ventana de un brinco, dejando caer la cámara sobre el pecho. Era muy bella, nada que ver con la fotografía que le había enseñado Sean.
– Maldición -Liam se pasó una mano por el pelo. Debía de haberse equivocado de ventana. Agarró la cámara, la enfocó al edificio y volvió a contar los pisos mientras repasaba la descripción que le había dado su hermano.
Pero no parecía haberse confundido y cuando se fijó de nuevo en la mujer, se había vuelto a girar y tenía una mano en el cierre del sujetador. Liam tragó saliva. Había estado en locales de striptease más de una vez y había visto cómo se desnudaban las mujeres para deleite de los clientes. Pero eso era algo más que un simple cuerpo fabuloso. Tenía algo… íntimo. De modo que cuando se cubrió con una bata de seda, Liam respiró aliviado.
