
Yo me quedé una media hora más. Me tomé la copa a la que nos invitó Tim Pat y otra más. Billie y Skip se marcharon cuando me fui yo. Bobby y su chica iban a quedarse un rato más. Vince ya se había marchado y Eddie se había unido a otra mesa y estaba intentando ligarse a una chica alta que trabajaba de camarera en el O'Neals.
Ya estaba amaneciendo, las calles estaban vacías, sin movimiento y en silencio. Skip dijo:
– Bueno, pues al final han recogido unos cuantos dólares. No creo que Frank y Jesse se llevaran muchos del tarro y encima la gente ha soltado una buena pasta para volver a llenarlo.
– ¿Frank y Jesse?
– Sí, joder, esos de los pañuelos. Frank y Jesse James. Se llevaron billetes de dos y de cinco y la gente ha metido billetes de diez y de veinte, así que las pobres esposas y los hijitos del Norte han salido bien parados.
Billie dijo:
– ¿Qué calculáis que han perdido los Morrissey?
– No sé. Esa caja fuerte podía haber contenido un montón de pólizas de seguros y fotografías de su santa madre. Eso sí que sería una sorpresa, ¿eh? Pero apuesto a que se llevaron lo suficiente como para mandar un montón de pistolas a sus colegas de Derry y Belfast.
– ¿Crees que los ladrones eran del IRA?
– ¡Joder! -dijo y tiró el cigarrillo a una alcantarilla-. Creo que los Morrissey son del IRA. Creo que ahí es donde va a parar su dinero. Me imagino que…
– ¡Eh, tíos! ¡Esperad!
Nos giramos. Un hombre llamado Tommy Tillary nos estaba haciendo señas con la mano desde la entrada del bar de los Morrissey. Era un tipo grueso, con carrillos colganderos, un torso enorme y una barriga igual de grande. Llevaba una bléiser fina color burdeos, pantalones blancos y corbata. Casi siempre llevaba corbata.
