
Unos cuantos días antes, tras recibir la mala noticia, Yu mantuvo una larga conversación con Li, secretario del Partido Comunista Chino en el Departamento Policial de Shanghai, quien había concluido, como siempre, con una característica nota positiva:
– La reforma económica nos está proporcionando grandes cambios. Muchos de ellos no habrían sido imaginables hace dos o tres años. También afectan a nuestro sistema de viviendas. Pronto, la población china nunca más tendrá que depender del cupo de viviendas que ofrece el Gobierno. Mi cuñado, por ejemplo, acaba de adquirir un apartamento nuevo en el distrito de Luwan. Por supuesto su nombre figura todavía en los primeros puestos de la lista. El departamento considerará especialmente su caso. Aunque pueda comprar un apartamento en el futuro, quizás podamos conseguirle algún piso a modo de compensación.
¡Ese fue su único consuelo!
Después de cuarenta años, durante los cuales la asignación de viviendas había sido tarea del Gobierno, una nueva política había hecho posible que la gente pudiese adquirir sus propios apartamentos. Sin embargo, tal y como le explicó después Li, «la política podía cambiar tres veces en un solo día». Nadie podía predecir el futuro de la reforma en China. Para el cuñado del secretario del Partido, dueño de varios restaurantes y bares de lujo, no significaba un problema comprar un apartamento a cuatro mil yuanes el metro cuadrado. Para el detective Yu, un policía de rango bajo con un sueldo mensual de aproximadamente cuatrocientos yuanes, tal gasto era un sueño al que no podía aspirar.
– Pero ya me habían concedido el apartamento -dijo Yu obstinado-. Fue una decisión firme del departamento.
