Le sorprendió aquel ofrecimiento. Por lo general Yu no comentaba sus casos en casa, y Peiqin tampoco mostraba mucho interés por ellos.

Esa tarde Peiqin se estaba ofreciendo a ayudar después de pasar días prácticamente sin dirigirle la palabra. Bueno, era un progreso.

CAPÍTULO 2

«Una oferta que no podía rechazar».

El inspector jefe Chen Cao, del Departamento de Policía de Shanghai, no estaba enterado del caso que le acababa de asignar el secretario del Partido Li al detective Yu, cuando recordó una frase de El Padrino. Estaba sentado en un bar elegante y frente a él se encontraba Gu, director general de Shanghai New World Group, una empresa pequeña que tenía conexiones con el Gobierno y con las tríadas. Chen Cao bebió tranquilamente el vino tinto francés que había en su vaso, el cual brillaba a la luz del candelabro de cristal, y reflexionó sobre lo irónico de la situación. Su mesa junto a la ventana ofrecía unas vistas estupendas del Bund, el dique que recorre el muelle sur de la agencia de aduana. El agua del río relucía a la luz de los neones, que no dejaban de parpadear. En la mesa de al lado estaban sentados un hombre europeo y una chica china, hablando en un idioma desconocido para Chen. Y Gu le estaba haciendo una oferta que no podía rechazar.

Pero las similitudes con El Padrino terminaban ahí, se apresuró a recordar el inspector jefe, al tiempo que Gu le servía más vino. Gu le había ofrecido una enorme suma de dinero por encargarse de un proyecto de traducción, aunque en realidad se trataba de un favor que le pedía a Chen.

– Tienes que traducirme esta propuesta de negocios, inspector jefe Chen. No sólo por mí, sino por la ciudad de Shanghai. El señor John Holt, mi socio estadounidense, me dijo que pagaría de acuerdo con las tarifas de su país. Cincuenta céntimos por cada letra china, en moneda de Estados Unidos.



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