
—¿Cuánto tiempo hace que desapareció su hijo? —pregunté.
—Tres años.
Le miré, sorprendido. No pensaba preguntarle por qué había esperado tanto. Era seguro que ya había visitado a los profesionales de la ciudad, sin que hubiera recibido ayuda de ellos.
Cogí el paquete.
—Tres años hacen que un rastro se enfríe un poco, señor Bogatyrev —dije.
—Le agradecería mucho que le dedicase toda su atención al asunto. Soy consciente de las dificultades y estoy dispuesto a pagarle hasta que usted lo consiga, o decida que no hay esperanzas de éxito.
Sonreí.
—Siempre hay esperanza, señor Bogatyrev.
—A veces no. Déjeme decirle uno de sus proverbios árabes: «La suerte está una hora contigo, y diez contra ti».
Sacó un grueso fajo de billetes de su bolsillo y separó tres de ellos. Se guardó el dinero antes de que los tiburones del club de Chiri pudieran olerlo, y me ofreció los tres billetes.
—Sus tres días por adelantado.
Alguien gritó.
Cogí el dinero y me volví para ver qué sucedía. Dos de las chicas de Chiri se habían arrojado al suelo. Me levanté de la silla. Vi a James Bond con una vieja pistola en la mano. Intenté distinguir si se trataba de una verdadera Beretta antigua o una Walther PPK. Hubo un solo disparo, pero, en el pequeño cabaret, resonó con tanta fuerza como la detonación de un mortero de artillería. Corrí por el estrecho pasillo que separaba las garitas de las mesas, aunque, al cabo de unos pocos pasos, me di cuenta de que nunca le alcanzaría. James Bond había abandonado el club. Detrás de él, las chicas y los clientes chillaban y se empujaban tratando de ponerse a salvo. No conseguí pasar a través del pánico. Esa noche, el maldito moddy había llevado su fantasía al límite al disparar una pistola en una sala abarrotada. Era probable que reviviera esa escena en su memoria durante años. Podía sentirse satisfecho con eso, porque si se dejaba ver de nuevo por la «Calle», le darían tal paliza que deberían modificarle y ajustarle otra vez hasta que volviese a parecer un ser humano.
