
El club recobró la normalidad poco a poco. Se hablaría mucho de esa noche. Las chicas necesitaron beber bastante para calmar sus nervios, y mucho consuelo. Lloraron en los hombros de los mamones, y los mamones les compraron cantidad de bebidas.
Chiri llamó mi atención.
—Bwana Marîd —dijo con suavidad—, guarda el dinero en tu bolsillo y vuelve a la mesa.
Me di cuenta de que estaba haciendo ondear los tres mil kiam por allí como un puñado de pequeñas banderas. Metí los billetes en un bolsillo de mis pantalones téjanos y regresé con Bogatyrev. No se había movido ni un ápice durante el alboroto. Hacía falta algo más que un loco con una pistola cargada para alterar a esos tipos con nervios de acero. Volví a sentarme.
—Siento la interrupción —dije.
Cogí mi vaso y miré a Bogatyrev. No me respondió. Una mancha oscura se extendía con lentitud por su camisa de seda blanca de campesino ruso. Le estuve observando largo rato mientras apuraba mi copa. Supe que los siguientes días iban a ser una pesadilla. Por último, me levanté y me dirigí a la barra. Chiri ya estaba junto a mí, con el teléfono en la mano. Se lo cogí sin decirle una palabra y murmuré el código del teniente Okking.
2
A la mañana siguiente, muy temprano, el teléfono empezó a sonar. Me desperté legañoso y con el estómago revuelto. Oí el timbre del teléfono con la esperanza de que cesara. Pero no lo hizo. Me di la vuelta y traté de ignorarlo. Pero sonó, y sonó… diez, veinte, treinta veces. Me levanté despacio, pasé por encima del cuerpo durmiente de Yasmin, y busqué el aparato entre el montón de ropa.
