
Cuando salí a la acera, el sol casi me cegó. No funciono muy bien durante el día. Hice visera con mi mano y miré a uno y a otro lado de la calle. Nadie. El Budayén se oculta de la luz del día. Me dirigí hacia la «Calle» con la vaga idea de hacer algunos recados. Ahora que tenía dinero, podía permitírmelos. Sonreí; las drogas me reanimaron y los dos mil ochocientos kiam lograron el resto. Con ellos tenía pagados el alquiler y todos mis gastos durante los tres meses siguientes. Era el momento de reponer existencias: rellenar la caja de píldoras, darme el lujo de unas cuantas cápsulas y tabletas, pagar un par de deudas y comprar un poco de comida. El resto iría al banco. Tengo tendencia a patearme el dinero si lo llevo demasiado tiempo en el bolsillo. Ahorrarlo es mejor, convertirlo en crédito electrónico. No me permito el uso de una tarjeta de crédito por si me arruino cualquier noche en la que esté demasiado cargado para saber lo que hago. Pago en metálico o no compro. Así no desperdicias bytes, no, sin una tarjeta.
Al llegar a la «Calle», me encaminé hacia la puerta Este. A medida que me aproximaba a la muralla, veía más y más gente: vecinos que paseaban por la ciudad como yo, turistas que entraban en el Budayén en la hora de descanso. Los forasteros no sabían lo que hacían. También a pleno día podían meterse en terribles líos.
Una pequeña barricada se levantaba en la esquina de la calle Cuarta, allí donde estaba en obras. Me apoyé contra los postes para oír las conversaciones de una pareja de busconas esforzándose en el comercio temprano, o quizá todavía era la noche pasada para ellas si no habían hecho suficiente dinero como para irse a casa. Había oído esos asuntos miles de veces, pero James Bond me hizo meditar sobre los moddies, de modo que esas negociaciones cobraban un nuevo significado.
