
Yasmin había sido modificada por completo interior y exteriormente, cuerpo y mente. Tenía uno de esos cuerpos perfectos, de los que se eligen en un catálogo. Te sientas con el tío de la clínica y te muestra el libro. Le dices: «¿Cuánto estas tetas?», y él te da el precio, y tú le preguntas: «¿Y esta cintura?», y él te presenta un presupuesto por romper tus huesos pélvicos y recomponerlos; además, hace desaparecer tu nuez y realza tus rasgos faciales, tu culo y tus piernas. A veces, incluso puedes elegir un nuevo color de ojos. Te arreglan el vello y la barba; se trata de una cuestión de drogas y de un mágico proceso clínico. Acabas con una personalidad reconstruida, igual que un viejo coche de gasolina restaurado.
Miré a Yasmin al otro lado de la habitación. Creo que su más preciado bien era el largo y lacio cabello negro, y había nacido con él. Lo tenía desde el principio. No había mucho más que perteneciera al equipo original —incluso su personalidad, cuando estaba conectada—; pero, en conjunto, era bonita y se lo hacía muy bien. Creo que siempre hay algo que delata un cambio de sexo. Las manos y los pies, por ejemplo, las clínicas no quieren tocarlos, hay demasiados huesos de por medio. Los transexuales femeninos siempre tienen grandes los pies; son pies de hombre. Y, por algún motivo, su voz es algo nasal. Yo lo noto en seguida, aunque nada lo revele.
Creo que soy un experto en entender a la gente. Pero ¿qué digo? Por eso estaba siempre en la cuerda floja y daba el golpe de gracia a quien se sentía derrotado.
Ya en el recibidor, los trifets florecieron por fin. Fue como si, de repente, el mundo entero diese un profundo respiro, y se expandiera como un globo. Me agarré al pasamanos para mantener el equilibrio y bajé la escalera. No sabía, con exactitud, lo que iba a hacer, pero empezaba a ser hora de conseguir algún dinero. El alquiler se me echaba encima y no quería acudir al «Hombre» para pedirle un préstamo. Metí las manos en los bolsillos y noté los billetes. Claro. El ruso me había dado tres de los grandes la noche anterior. Saqué el dinero y lo conté. Me quedaban unos dos mil ochocientos kiam. Yasmin y yo debimos de darnos una fiesta salvaje con los otros doscientos. Me hubiera gustado recordarla.
