
Entré en el club de Chiri, satisfecho por abandonar el bochornoso calor de la noche. A la mesa más cercana a la puerta se sentaban dos mujeres, turistas de mediana edad, con bolsas llenas de recuerdos y regalos para sus amigos. Una de ellas llevaba una cámara fotográfica y sacaba instantáneas holográficas de las personas que había en el cabaret. Los asiduos no estaban muy conformes con ello, pero solían ignorar a esa clase de turistas. Un hombre no hubiera podido sacar esas fotos sin pagarlas. Todos hacían caso omiso de las dos mujeres, excepto un hombre alto, muy delgado, que llevaba un oscuro traje de corte europeo y corbata; se trataba del traje más extravagante que yo había visto esa noche. Me pregunté qué se llevaría entre manos, y me quedé en la entrada un momento, para escuchar con disimulo.
—Me llamo Bond —decía el tipo —. James Bond.
Por si había alguna duda.
Las dos mujeres parecían asustadas.
— ¡Oh, Dios mío! —suspiró una de ellas.
Aquí, entro yo en escena. Me acerqué al moddy por detrás y le agarré de una muñeca. Deslicé mi pulgar sobre la uña del suyo y se lo apreté hasta la palma de la mano. Él lanzó un grito de dolor.
—Vamos, viejo cero cero siete —murmuré junto a su oído—, ve a dar la paliza a otro lado.
Le acompañé hasta la puerta y le propiné un fuerte empellón hacia la sofocante y húmeda oscuridad.
Las dos mujeres me miraron como si yo fuera el Mesías que volvía con su salvación personal en sobres separados.
—Gracias —dijo la de la cámara. Hablaba en francés—. No sé qué más decir aparte de gracias.
—No ha sido nada —contesté—. No me agrada ver a esa gente, con sus módulos de personalidad conectados, que molestan a todos menos a otro moddy.
