
—¡Jambo! —gritó.
Me apoyé sobre la estrecha barra y le di un beso fugaz en la decorada mejilla.
—¿Qué pasa, Chiri? —pregunté.
—Njema —dijo en suajili, en un intento de ser amable. Luego sacudió la cabeza—. Nada, nada, el mismo maldito y aburrido trabajo.
Yo asentí. No hay cambios en la «Calle», sólo los rostros. En el club había doce clientes y seis chicas. Yo conocía a cuatro de ellas, las otras dos eran nuevas. Debían llevar años en la «Calle», igual que Chiri, o, de lo contrario, ya se habrían largado.
—¿Quién es ésa? —pregunté, señalando a la chica nueva del escenario.
—Quiere que la llamen Pualani. ¿Te gusta? Dice que significa «Flor celestial». No sé de dónde es. Pero se trata de una tía auténtica.
Enarqué las cejas.
—Ahora tendrás con quien charlar —dije.
Chiri me dedicó la más dudosa de sus expresiones.
—Oh, sí. Intenta hablar un rato con ella, ya verás.
—¿Tan mal?
—Ya verás. No serás capaz de evitarlo. Qué, ¿has venido a hacerme perder el tiempo o tomarás algo?
Miré el reloj digital que destellaba sobre la caja registradora, detrás de la barra.
—Tengo una cita dentro de media hora.
Chiri arqueó las cejas.
—¿Negocios? Trabajamos de nuevo, ¿no?
—Demonios, Chiri, éste es mi segundo trabajo de este mes.
—Entonces, compra algo.
Yo intentaba pasar de drogas cuando sabía que debía reunirme con un cliente, así que pedí lo de siempre, una parte de ginebra y otra de bingara sobre hielo con lima. Me quedé en la barra, aunque el cliente estaba a punto de llegar, porque si me sentaba a una mesa, las dos chicas nuevas intentarían ligar conmigo. Lo harían a pesar de que Chiri las ahuyentase. Ya habría tiempo de sentarse cuando ese tal Bogatyrev apareciera.
