
Apuré mi bebida y observé a la chica del escenario. Era guapa, pero todas los son, el trabajo lo exige. Su cuerpo, perfecto, pequeño y ágil, era tan dulce que casi te morías de ganas de poner la mano sobre aquella maravillosa piel, brillante de sudor. Te morías de ganas, ésa es la verdad. Para eso estaban las chicas allí, para eso estabas tú, para eso estaba Chiri y su caja registradora. Comprabas bebidas a las chicas, contemplabas sus cuerpos perfectos, y pretendías gustarles. Y también ellas trataban de gustarte. En el momento en que dejabas de gastar dinero, se levantaban e intentaban agradar a otro.
No podía recordar cuál había dicho Chiri que era el nombre de aquella chica. Desde luego, tenía mucho camino andado: sus mejillas habían sido pronunciadas con silicona, su nariz enderezada y reducida, y su cuadrada mandíbula favorecida con un atractivo hoyuelo; injertos de senos de gran tamaño, silicona para redondear el culo… ; todo ello dejaba rastros reveladores. Ningún cliente lo notaría, pero, en los últimos diez años, he visto un montón de mujeres en un montón de escenarios. Todas parecen la misma.
Chiri volvió de servir a unos clientes lejos de la barra. Nos miramos.
—¿Busca dinero para que le hagan un trabajo en el cerebro? —pregunté.
—Sólo quiere daddies, creo —dijo Chiri—. Eso es todo.
—Se ha gastado mucho dinero en ese cuerpo, ¿crees que ha dado muchas vueltas?
—Es más joven de lo que aparenta, cielo. Vuelve dentro de seis meses y tendrá su moddy conectado. Dale tiempo y te mostrará la personalidad que más te guste; de putón, de trágica palomita deshonrada, o de algo intermedio.
Chiri tenía razón. Era toda una novedad que alguien trabajase en aquel club utilizando su propio cerebro.
