Su expresión se volvió un poco amarga. Creo que comenzaba a pensar en olvidar el asunto. Hay muchos guardaespaldas privados en las listas de los mensajes comerciales por cable. Tipos grandes y fuertes, armados hasta los dientes, para tranquilizar a personas como Bogatyrev. Agentes con brillantes armas bajo sus chaquetas, lujosos y cómodos trajes en vecindarios más atractivos, secretarias y terminales de ordenador conectados a todas las bases de datos del mundo conocido y fotografías enmarcadas de ellos estrechando la mano de gente que crees reconocer. Ése no era yo. Lo siento.

Evité a Bogatyrev la molestia de continuar con su prueba.

—Se estará preguntando por qué el teniente Okking me ha recomendado a mí, en lugar de a alguien de los gremios de la ciudad.

Bogatyrev ni siquiera parpadeó.

—Sí —admitió.

—El teniente Okking es parte de la familia —dije—. Él hace los negocios a mi manera y yo los hago a la suya. Mire, si acude a uno de esos agentes cromados, le harán lo que usted necesita, pero su tarifa le costará cinco veces más que la mía; le llevará más tiempo, se lo garantizo, y esos tipos rápidos tienen tendencia a formar gran estruendo con su equipo caro y armas que llaman la atención. Yo realizo el trabajo con mucho más silencio. Es menos probable que sus intereses, sean los que fueren, terminen decorados con fuego de láser.

—Ya veo. Ahora que el tema del pago ha sido mencionado, ¿puedo preguntarle cuál es su tarifa?

—Depende de lo que me encargue. Yo no hago cierto tipo de trabajos. Llámelo excusa. Pero aunque no acepte el caso, puedo indicarle a alguien competente que lo haga. ¿Por qué no empieza desde el principio?

—Quiero que encuentre a mi hijo.

Aguardé, pero Bogatyrev parecía no tener nada más que decir.

—Muy bien —dije.

—Necesitará una foto suya —afirmó más que preguntó.



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